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La enfermedad infantil del dogmatismo: El error de cálculo de la nueva izquierda

Lenin CastellanoporLenin Castellano
octubre 7, 2026
en Opinión, Destacadas
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En la política contemporánea existe un principio elemental de consultoría y estrategia: reconocer el poder real del adversario, ya que ignorar las fortalezas, la narrativa y la capacidad de convocatoria del rival no es una postura moral, sino un suicidio táctico. Hoy asistimos en la región a un fenómeno paradójico en el que la izquierda latinoamericana, al intentar procesar el retorno y la consolidación del liderazgo de Donald Trump en el hemisferio, comete exactamente los mismos errores de diagnóstico y soberbia que durante años ha criticado en sus opositores. De este desencuentro con la realidad surge una frase que sintetiza la parálisis actual de la región: así como la izquierda latinoamericana no entiende a Trump, la oposición venezolana no entiende al chavismo; y por eso ambos están cada vez más alejados del poder.

La izquierda actual observa a Donald Trump desde el prejuicio y la superioridad moral, interpretándolo como una anomalía grotesca mientras él consolida un modelo de hegemonía real capaz de articular alianzas geopolíticas profundas. La paradoja histórica resulta evidente cuando se observa cómo en su momento Hugo Chávez proyectó una plataforma de integración continental ideologizada para hacer frente a Washington, mientras que hoy es Trump quien replica esa misma lógica de integración regional a través del llamado Escudo de las Américas, una instancia defensiva para contener al progresismo y blindar a la derecha conservadora. Trump comprendió la necesidad de construir poder regional y tejer alianzas de seguridad, mientras la izquierda actual quedó fragmentada y aislada de los flujos de la geopolítica hemisférica.

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Para entender este extravío, resulta fundamental analizar cómo la izquierda abandonó su matriz histórica original, construida en la calle, en las fábricas y en la lucha sindical, en favor de una suma de reivindicaciones fragmentarias. Si bien las luchas por el feminismo, la población LGBTIQ+ y el ecologismo son legítimas, la izquierda no supo integrarlas dentro de una propuesta económica cohesiva para la clase trabajadora, permitiendo que la derecha y la ultraderecha empaquetaran todas estas causas bajo la etiqueta de la «agenda Woke». Ante esta ofensiva cultural, el progresismo no supo argumentar ni defender sus banderas con eficacia comunicacional, cayendo de lleno en lo que Lenin diagnosticó en su célebre obra El «izquierdismo», enfermedad infantil del comunismo: la tentación dogmática de aislarse en purismos ideológicos y doctrinales en lugar de conectar pragmáticamente con las masas trabajadoras reales. La izquierda olvidó la máxima política de finales del siglo XX popularizada por James Carville —»¡Es la economía, estúpido, es la economía!»— y cedió el terreno del bienestar material a los sectores conservadores.

Esta mutación ideológica generó una inversión insólita en la psicología de las masas: la derecha logró arrebatarle a la izquierda la bandera de la indignación y el discurso «antisistema». Mientras el progresismo pasó a representar el orden institucional, la burocracia estatal, la corrección política y las élites intelectuales de ciudad, la derecha de la era Trump se posicionó como la voz de la gente común atrapada por la inflación, la falta de empleo y la inseguridad cotidiana. Al transformarse la izquierda en una estructura defensiva del statu quo burocrático, los sectores conservadores capitalizaron la rebeldía del ciudadano común, presentándose como los únicos capaces de romper con un sistema que castiga al que trabaja con impuestos e inflación mientras pontifica sobre valores abstractos que no resuelven la mesa familiar.

Esta desorientación se profundiza con la irrupción y consolidación de la iglesia evangélica como actor de poder de masas en la región. Las estructuras evangélicas entendieron las necesidades cotidianas de contención comunitaria y construyeron potentes narrativas de fe, orden social y valores morales que apelan directamente al sector popular golpeado por la crisis económica. El impacto decisivo de esta fuerza política quedó demostrado en elecciones polarizadas y extremadamente estrechas, como el escenario de Brasil, donde el voto evangélico movilizado por el conservadurismo actuó como un bloque electoral disciplinado y casi infranqueable para el progresismo. Mientras la izquierda se desgastaba en discursos teóricos abstractos, los sectores conservadores, aliados con los púlpitos y sus potentes redes de medios comunitarios, redefinieron la identidad del trabajador y disputaron las bases populares desde lo cotidiano y lo sagrado.

Esta incapacidad para conectar con las mayorías se refleja claramente en el colapso del liderazgo regional al comparar la primera «marea rosa» con la ola gubernamental reciente. Mientras que figuras como Hugo Chávez, Néstor Kirchner o el primer Lula da Silva entendieron el poder como un ejercicio de articulación internacional ambicioso, los liderazgos actuales han demostrado un acusado agotamiento estratégico. En Colombia, el gobierno de Gustavo Petro encarnó este desgaste de forma dramática: tras una gestión atravesada por la polarización y el incumplimiento de expectativas socioeconómicas, el petrismo sufrió un histórico «voto castigo» que condujo a la derrota de la izquierda. Parte de esta caída se debió a un error de diseño comunicacional y candidatura, donde la figura de Iván Cepeda —con un perfil sumamente institucional, defensivo e intelectual— careció del lenguaje de choque, el dinamismo y los atributos mediáticos necesarios para hacer frente a una derecha ultradigitalizada y populista que dominó la conversación pública y explotó los desaciertos del gobierno de turno. Asimismo, Lula da Silva en su nuevo mandato perdió el olfato geopolítico para cohesionar a Sudamérica, México bajo el ciclo de AMLO y Claudia Sheinbaum optó por una política de autoaislamiento e introversión internacional, y gestiones como la de Gabriel Boric en Chile o la de Alberto Fernández en Argentina dejaron al descubierto las inconsistencias de un progresismo atrapado en la burocracia.

Este desgaste político viene acompañado por una severa crisis de renovación generacional y la ausencia de cuadros políticos formados con lectura de época. La izquierda quedó atrapada en el culto a liderazgos hiperconcentrados del pasado o en relevos formados en la academia y los centros urbanos, desconectados de las dinámicas del trabajo informal y las nuevas realidades económicas de la región. Al no producir figuras pragmáticas con carisma de masas y solidez técnica, el progresismo se vio incapacitado para ofrecer alternativas frescas frente a candidatos conservadores jóvenes, dinámicos y nativos digitales que entienden el lenguaje de la inmediatez. Esta vacuidad de liderazgos dejó al espacio progresista sin reflejos tácticos y vulnerable a las estrategias de demolición de imagen construidas por la derecha desde las plataformas digitales.

A esta desconexión del malestar cotidiano se suma una profunda desventaja en la disputa por el sentido común, terreno donde las fuerzas conservadoras aplican con efectividad el concepto de hegemonía cultural formulado por Antonio Gramsci. Mientras la izquierda permanece atrapada en un simbolismo de calle obsoleto, nostalgias litúrgicas y discursos abstractos, la derecha entendió que la batalla política del siglo XXI se libra en el ecosistema digital mediante la inversión masiva en datos, inteligencia artificial, pauta publicitaria segmentada y microobjetivos emocionales. La derecha ha sabido instrumentalizar el descontento popular y canalizarlo a través del algoritmo, dominando la agenda pública diaria mientras el progresismo intenta responder con fórmulas analógicas a un electorado profundamente tecnologizado.

Finalmente, en el plano económico internacional, la izquierda se vio atrapada en un callejón sin salida geopolítico ante la presencia creciente de China y la réplica arancelaria y comercial de los Estados Unidos de Trump. Mientras el progresismo intentó mantener una neutralidad ambigua o recurrir a retóricas de soberanía soberbia, fue incapaz de traducirlas en inversiones tangibles de infraestructura que mejoraran el empleo local. La derecha, en cambio, operó con un pragmatismo transaccional sin complejos: alineamiento directo en seguridad e ideología con la Casa Blanca a cambio de acuerdos comerciales e inversiones privadas inmediatas. Esta falta de pragmatismo geopolítico dejó a los gobiernos de izquierda en una parálisis que terminó afectando, una vez más, el desarrollo económico local de sus países.

Como conclusión y balance de consultoría, para salir de este bucle de irrelevancia y volver a disputar la hegemonía regional frente a la derecha alineada con Trump, la izquierda latinoamericana está obligada a hacer un ejercicio de autocrítica, superar la enfermedad infantil del dogmatismo descrita por Lenin y volver al centro del tablero sociopolítico. Retornar al centro no significa renunciar a los ideales, sino colocar en el corazón de la propuesta lo que la gente verdaderamente siente en su bolsillo: el acceso garantizado a la vivienda, mejores salarios, estabilidad laboral, seguridad en las calles y la protección del poder adquisitivo de las familias. La única vía para frenar el avance conservador es que los trabajadores perciban mejoras tangibles en sus vidas, abandonando el simbolismo abstracto para reencontrarse con las verdaderas demandas de las mayorías, librando al mismo tiempo la batalla tecnológica e ideológica en las redes sociales con audacia y profesionalismo.

Les invito a leerme por @soyleninc y @somostunexo.

Lenin Castellano

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