El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha viajado en cuatro ocasiones a China en los últimos años para reunirse con el presidente Xi Jinping. La frecuencia de estos encuentros evidencia el peso creciente que Madrid concede a Pekín en un contexto internacional marcado por la incertidumbre económica, las tensiones comerciales y las dudas sobre el compromiso de Estados Unidos con sus aliados europeos.
Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Sánchez ha defendido que la Unión Europea debe revisar su relación con China y apostar por una cooperación más amplia. Su postura, sin embargo, ha provocado reservas entre algunos socios comunitarios, que consideran a Pekín un rival estratégico y una posible amenaza para la seguridad y la autonomía económica del bloque.
El acercamiento entre España y China se ha visto acompañado por un aumento de los contactos comerciales y de las inversiones. Según datos del ICEX, el interés de las empresas chinas por el mercado español ha crecido de manera significativa, especialmente en sectores como la fabricación de baterías, la industria automovilística y las nuevas tecnologías.
La conexión ferroviaria de mercancías entre Yiwu, en el este de China, y Madrid simboliza esta expansión de los vínculos bilaterales. Con más de 13.000 kilómetros de recorrido, la ruta transporta componentes para automóviles, productos eléctricos y otros bienes hacia España. En sentido contrario, lleva a China productos españoles como vino, alimentos gourmet y jamón serrano.
Para algunos analistas, esta relación responde principalmente a una lógica de interés nacional. “La realpolitik existe. Si acercarse a China atrae inversiones y fortalece la economía, puede resultar más atractivo que respaldar a aliados que también actúan guiados por sus propios intereses”, sostiene Cortizo, citado en el análisis sobre la relación bilateral.
Desde esta perspectiva, el Gobierno español estaría priorizando los beneficios económicos inmediatos, incluso cuando esa estrategia puede generar incomodidad en Bruselas. Cortizo considera que España podría convertirse en uno de los principales destinos europeos para el capital chino, especialmente ante la pérdida de influencia de Hungría como principal puerta de entrada de Pekín en el continente.
La política de Sánchez no es necesariamente un caso aislado. La inestabilidad internacional ha llevado a varios países europeos a buscar acuerdos que respondan a sus necesidades particulares. La percepción de que Estados Unidos ofrece menos certezas bajo la presidencia de Trump ha reforzado esa tendencia.
Las decisiones de Washington en materia comercial y de defensa son consideradas por distintos gobiernos europeos como imprevisibles y, en ocasiones, agresivas. Los aranceles, las exigencias de aumentar el gasto militar y las presiones relacionadas con el uso de bases estadounidenses han alimentado el debate sobre la dependencia estratégica de Europa.
En ese escenario, algunos Estados miembros han comenzado a diversificar sus alianzas y a estrechar relaciones con potencias como China, aunque ello pueda entrar en contradicción con la posición común de la Unión Europea. Mientras Bruselas intenta reducir los riesgos derivados de la dependencia económica de Pekín, Madrid parece apostar por mantener abiertos los canales de cooperación.
El temor de varios socios europeos es que una política excesivamente favorable a las empresas chinas termine debilitando la capacidad del bloque para proteger sus industrias estratégicas. La preocupación no se limita a la competencia comercial: también abarca la transferencia tecnológica, la seguridad de las infraestructuras y la influencia política de China dentro de Europa.
La evolución de las relaciones entre España y China también se refleja en la opinión pública. Una encuesta del Pew Research Center citada en el análisis señala que el 54 % de los españoles tenía una opinión favorable de China, frente al 30 % que expresaba una valoración positiva de Estados Unidos.
La diferencia puede explicarse, en parte, por la percepción de que China facilita el comercio y ofrece nuevas oportunidades de inversión, mientras que las políticas estadounidenses —especialmente los aranceles y las presiones en materia de defensa— han generado mayores tensiones.
No obstante, la mejora de la imagen de China no elimina las dudas sobre sus intenciones a largo plazo. Para algunos gobiernos europeos, la cooperación económica debe avanzar acompañada de controles que eviten una dependencia excesiva en sectores esenciales.
España se encuentra así ante un delicado equilibrio. Por un lado, necesita atraer inversiones, ampliar sus mercados y fortalecer industrias como la automoción, las energías renovables y la producción de baterías. Por otro, forma parte de una Unión Europea que considera a China un competidor sistémico y que busca reducir sus vulnerabilidades frente a Pekín.
El reto para Sánchez será demostrar que el acercamiento a China puede beneficiar a España sin debilitar la coordinación europea. La relación bilateral atraviesa un momento de especial cordialidad, pero esa sintonía no es compartida por todos los miembros de la Unión.
En última instancia, el debate no gira únicamente en torno a China, sino también al futuro de la política exterior europea. La incertidumbre sobre Estados Unidos, la competencia económica global y la necesidad de proteger los intereses nacionales están empujando a los países del bloque a actuar con mayor autonomía. La cuestión pendiente es si esa autonomía fortalecerá a Europa o terminará fragmentando su posición frente a las grandes potencias.







