Jhoan Bastidas fue deportado de Estados Unidos y pasó 16 días en la base naval de Estados Unidos en Guantánamo, Cuba, vigilado por cámaras y comiendo pequeñas porciones que lo dejaban con hambre.
“Todo el día encerrado en un cuartito – yo conté los pies: de ancho siete y así de largo eran 13 – sin poder hacer nada, sin un libro, mirando las paredes”, expresó el joven, de 25 años, entrevista realizada por la agencia AP en la casa de su padre en Maracaibo.
Tres semanas después de que fue devuelto al país bajo la represión migratoria del presidente Donald Trump, Bastidas apenas comienza a entender todo — cómo ha regresado a la ciudad natal que una vez fue próspera y que dejó siendo un adolescente; cómo los tatuajes en su pecho le ganaron una reputación de criminal; y cómo se convirtió en uno de los pocos migrantes en pisar la base naval más conocida por albergar a sospechosos de terrorismo.
“Fue muy duro todo, todas esas experiencias, fue muy duro”, confesó a AP. “Hay que ser fuerte frente a todos esos problemas, ¿me entiendes? pero vi tanto odio”.
Bastidas está apoyándose en la fe para ignorar el ruido y seguir adelante. “Yo veo como medio una prueba que me puso el Señor”, dijo. “Él me tiene otro propósito. No era para mí estar allá y me tuvo guardado ahí por algo”.
En una “jaula”
Cuando estaba dentro de la celda, nunca pudo saber la hora del día porque su única ventana era un pequeño panel de vidrio en la parte superior de la puerta que daba al edificio. Señaló que solo veía la luz del sol cada tres días durante una hora, que era el tiempo de recreo que se le permitía pasar en lo que describió como una “jaula”.
Bastidas dijo que llevaba manos y pies encadenados cada vez que salía de su celda, incluso cuando iba a ducharse cada tres días. En un momento, a él y a otros detenidos les dieron pequeños ejemplares de la Biblia y comenzaron a orar juntos, leyendo las escrituras en voz alta y colocando sus oídos contra la puerta para oírse.
“Nosotros decíamos que el que nos va a sacar es Diosito porque no veíamos otras soluciones, no teníamos con quien apoyarnos”, agregó Bastidas, en la entrevista a AP.
Trump ha dicho que planeaba enviar “a los peores” a la base en Cuba, incluidos miembros del Tren de Aragua. Bastidas aseguró que no es parte de la pandilla y cree que las autoridades estadounidenses utilizaron sus tatuajes para catalogarlo erróneamente como miembro de la organización criminal.
Cuando se le preguntó qué tatuajes cree que las autoridades malinterpretaron, su padre bajó el cuello de la camiseta blanca de Bastidas y señaló dos estrellas negras de ocho puntas, cada una tatuada a un lado del pecho, debajo de las clavículas.
Bastidas y otros venezolanos regresaron a Venezuela desde Guantánamo el 20 de febrero. Agentes armados del servicio de inteligencia del estado los dejaron en sus hogares.
Bastidas pasó las siguientes dos semanas descansando. Luego comenzó a trabajar en un puesto de hot dogs.
¿Guantánamo?
Bastidas, su madre y sus hermanos dejaron Maracaibo en 2018. Probaron suerte en Perú y luego se establecieron en Colombia.
Partió hacia Texas en noviembre de 2023, financiado por un hermano cuya promesa de un automóvil y un trabajo de entrega de comida en Utah lo convenció de migrar.
Bastidas se entregó a las autoridades estadounidenses después de llegar a la frontera con México y fue llevado a un centro de detención en El Paso, Texas. Permaneció allí hasta principios de febrero, cuando una mañana fue esposado, llevado a un aeropuerto y subido a un avión sin que le dijeran a dónde se dirigía.
Después de que el avión aterrizó, los compañeros de viaje pensaron que estaban en Venezuela, pero cuando llegó a la puerta y solo vio “gringos”, dijo Bastidas, concluyó que estaban equivocados. Cuando vio “Guantánamo” escrito en el suelo, no significó nada para él. Nunca había escuchado esa palabra antes.
Recomponiendo vidas
Bastidas y aproximadamente otros 350 venezolanos que migraron a Estados Unidos están tratando de reconstruir sus vidas después de ser deportados a su país en crisis en las últimas semanas.
Alrededor de 180 de ellos pasaron hasta 16 días en la base en Guantánamo antes de ser trasladados a Honduras por las autoridades estadounidenses y, desde allí, a Venezuela por el gobierno de Nicolás Maduro.
Esto forma parte de los esfuerzos de la Casa Blanca para deportar un número récord de inmigrantes que se encuentran en Estados Unidos de manera ilegal. El gobierno de Trump ha alegado que los venezolanos enviados a la base naval son miembros de la pandilla Tren de Aragua, que se originó en el país, pero ha ofrecido pocas pruebas para respaldar esa afirmación.
Durante el fin de semana, el gobierno de Estados Unidos transfirió a cientos de inmigrantes a una prisión de máxima seguridad en El Salvador después de que Trump invocara una ley de guerra del siglo XVIII para acelerar las deportaciones de presuntos miembros del Tren de Aragua. Sin embargo, el gobierno de Trump no ha proporcionado ninguna evidencia que respalde la afirmación de pertenencia a una pandilla.
Los inmigrantes fueron trasladados a pesar de que un juez federal emitió una orden que prohibía temporalmente las deportaciones bajo la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, que permite al presidente mayor libertad en la política y acción ejecutiva para acelerar las deportaciones masivas.