En la política internacional moderna no hay espacio para las nostalgias morales ni para la parálisis ideológica. Quien no comprenda la doctrina del “America First” ejecutada por la administración de Donald Trump y orquestada tácticamente por el secretario de Estado, Marco Rubio, está condenado al ostracismo geopolítico. El realismo político es implacable: los estados no tienen amigos permanentes ni enemigos eternos; solo tienen intereses.
El célebre politólogo e historiador Edward Hallett Carr, en su obra clásica “La crisis de los veinte años”, advertía que “el pensamiento político maduro exige la combinación del utopismo y del realismo; pero es el realismo el que corrige las fantasías de quien cree que la realidad debe amoldarse a sus deseos”.
Esa es, precisamente, la gran lección que hoy la Casa Blanca le está impartiendo a la dirigencia venezolana, en un tablero donde los hechos han aplastado definitivamente a los discursos.
Mientras algunos sectores del radicalismo opositor pretendían congelar el país en una épica infructuosa y paralizante, Washington trazó una hoja de ruta pragmática, orientada a la estabilidad energética, la reinstitucionalización progresiva y la gobernabilidad.
El respaldo firme que Marco Rubio otorgó en Washington a Dinorah Figuera —presidenta de la Asamblea Nacional de 2015— no fue un mero gesto protocolar. Fue la bendición oficial de la administración Trump a la vía negociadora.
Ese espaldarazo diplomático se tradujo rápidamente en hechos concretos en Caracas: la consolidación de la tercera mesa de diálogo entre la delegación opositora liderada por Figuera y la bancada oficialista encabezada por Jorge Rodríguez, donde ya se pactan agendas institucionales reales como la revisión de inhabilitaciones y reformas al sistema de justicia.
El punto de quiebre institucional quedó marcado esta semana con la imagen que redefinió el mapa político venezolano: la reunión en el Palacio de Miraflores entre Dinorah Figuera y la presidenta encargada, Delcy Rodríguez.
Frente a las críticas simplistas, la Realpolitik se impuso: se negocia con quien tiene el control del poder territorial y operativo para garantizar resultados tangibles para los ciudadanos y para la seguridad del hemisferio.
Paralelamente al plano institucional, el pilar económico de la estrategia Trump-Rubio marcha a ritmo redoblado. La presencia este viernes en los campos petroleros del Zulia del presidente de North American Blue Energy Partners (NABEP), Alejandro Betancourt, junto a la directiva de PDVSA y altos funcionarios del Departamento de Estado, es la constatación empírica de que la diplomacia del dólar y la energía está operativa en el terreno.
Ver a PetroZamora romper récords de producción rozando los 115.000 barriles diarios e inspeccionando módulos de compresión en Bachaquero Lago 2, es el recordatorio de que Washington prioriza los hechos por encima del dogma.
Cuando sectores afines a María Corina Machado intentaron cuestionar la figura de Alejandro Betancourt y dinamitar los acuerdos energéticos bilaterales, la respuesta de Washington no fue el repliegue, sino la profundización. La administración Trump entiende que la infraestructura energética no se reconstruye con proclamas, sino con capital, capacidad operativa y acuerdos de alto nivel.
Existe una constante en el comportamiento político de María Corina Machado: cada vez que intenta interponer un obstáculo o criticar el enfoque pragmático de Washington, la administración Trump responde afianzando aún más su relación estratégica y ejecutiva con los actores en el terreno.
Al pretender imponer su agenda dogmática por encima de los intereses geopolíticos y energéticos de Estados Unidos, Machado cometió el error imperdonable de desacoplarse del ritmo de la Casa Blanca. Mientras el equipo de Marco Rubio avanza en destrabar el comercio, asegurar el flujo petrolero y canalizar la transición hacia el horizonte 2027-2028 a través de Dinorah Figuera y la mesa de diálogo, el radicalismo ha quedado al margen, atrapado en una irrelevancia autoimpuesta.
Como señalaba el mítico diplomático estadounidense Henry Kissinger: “Un país que exige la perfección en su política exterior no logrará ni la perfección ni la seguridad”. Donald Trump no busca utopías; busca resultados, estabilidad en los mercados, control migratorio y seguridad nacional.
En el nuevo tablero venezolano, las cartas están echadas: los negocios avanzan, el diálogo institucional fructifica en Miraflores y la Casa Blanca demuestra que, en la política real, el pragmatismo siempre vence a la intransigencia.
Por: Lenin Castellano (@soyleninc- @somostunexo)






