El gobierno de la Federación de Rusia confirmó formalmente que no entregará al depuesto presidente sirio Bashar al Asad a las nuevas autoridades de Damasco.
Desde el Kremlin argumentaron que el exmandatario se encuentra bajo la protección de asilo político, una medida otorgada de manera oficial bajo criterios puramente humanitarios.
Esta decisión refleja el equilibrio entre la protección brindada al exlíder sirio y los objetivos pragmáticos de la política exterior rusa en Medio Oriente. En ese sentido, la diplomacia de Moscú busca concentrar sus esfuerzos en preservar la estabilidad operacional de sus bases militares e instalaciones estratégicas en territorio sirio, al tiempo que protege los activos e inversiones consolidadas en la región a lo largo de los últimos años.
Asimismo, Rusia y la nueva administración en Damasco avanzan en la búsqueda de mecanismos formales para reactivar los proyectos de cooperación bilateral que permanecían estancados tras la reestructuración del poder político en Siria.
De esta manera, la permanencia de Al Asad en Moscú convive con una reconfiguración de las relaciones bilaterales orientada a asegurar los intereses geopolíticos y económicos rusos a largo plazo en el Mediterráneo oriental.







